Parecía que, con la revolución sexual de los años sesenta, la sociedad podría liberarse de las rígidas ataduras religiosas y culturales que constreñían las relaciones sexuales. Parecía que las nuevas generaciones estarían en condiciones de mantener relaciones sexuales libres y consentidas y por tanto -se llegó a teorizar- la prostitución ya no sería necesaria porque cada vez menos hombres tendrían que recurrir al mercado del sexo para satisfacer sus necesidades sexuales. Poco podían pensar quienes defendían este pensamiento, fruto de la ingenuidad voluntarista con la que se levantaron muchos adoquines culturales en Mayo del 68, que la evolución sería justamente la contraria.
Efectivamente, la sociedad puede mantener hoy relaciones sexuales libres y consentidas como en ninguna otra época histórica. La libertad sexual es uno de los valores nucleares de la sociedad del siglo XXI. Y sin embargo, nunca como ahora las redes de prostitución habían alcanzado una extensión tan amplia y tan peligrosa. Hemos entrado en la cultura del consumo sexual. Se compra sexo como se compra diversión o ropa. Incluso personas que tienen relaciones afectivas y sexuales satisfactorias, pueden acudir al mercado del sexo a consumir cuerpos como una diversión más.
De las viejas necesidades y la nueva cultura se nutre el comercio del sexo. Con el agravante de que la globalización ha convertido las mafias en grandes multinacionales que igual comercian con droga, que con armas, que con mujeres. Y lo hacen con tal grado de violencia, que hoy se puede hablar con propiedad de “la nueva esclavitud del siglo XXI”. Las mujeres atrapadas en estas redes son engañadas, deslocalizadas, extorsionadas, apalizadas y asesinadas cuando conviene. Mientras la prostitución crece, los países discuten dos modelos: el que propugna prohibir toda actividad de prostitución y penalizar también a los clientes, y el que promueve una regularización de la actividad para proteger al menos la libertad y la integridad de las mujeres. En ese debate estamos atrapados, y mientras tanto, las mujeres obligadas a prostituirse siguen en su esclavitud.