Sep. 24 2009 | ANTONIO GUTIÉRREZ VEGARA. Político y sindicalista español Las políticas de empleo
Socializar pérdidas para afrontar crisis provocadas por la abusiva acumulación de beneficios privados no es novedad en la historia del capitalismo, pero desde la presidencia de Ronald Reagan, un "republicano solícito" (así lo llamó Galbraith) se acude con demasiada frecuencia a la fuente del pueblo para sacudirse la resaca. Tanta, que Paul Volcker acuñó el concepto de "riesgo moral" para que se calibraran mejor las consecuencias sociales antes de reincidir. Con el plan Paulson-Bush se sobrepasan récords anteriores de riesgo moral y de temeridad en la gestión pública, pues en lugar de tapar el agujero descubierto tal vez sirva para inflar la próxima burbuja que está cebada ya con derivados financieros de alto riesgo, de cuya endiablada complejidad poco se sabe, pero sí que son más voluminosos e infecciosos para la economía real que las subprime.

Mientras se calcula el nuevo riesgo potencial, los damnificados reales de la crisis se multiplican por todo el mundo. A los de algunas latitudes ya les estaban pasando las facturas de las crisis alimentaria y energética. Ahora, como acaba de evidenciarse en la cumbre de la ONU, les escamotean además las ayudas comprometidas para cumplir con los Objetivos del Milenio en la lucha contra la pobreza. Si aquéllos quedan lejos de la metrópolis, hay otros damnificados aumentando sin cesar e ineludibles a la vista del público a través de la televisión, como los despedidos de Lehman Brothers por la calle con sus efectos personales en cajas de cartón. El alcance que pueda llegar a tener el desempleo está por ver, dependiendo entre otras cosas de la liquidez que devuelvan los bancos a las empresas tras la transfusión recibida desde el erario público. Pero lo que sí pueden advertirse ya son las nuevas circunstancias en las que se van a encontrar los parados norteamericanos de esta oleada.

Allí, los salarios reales apenas han variado en 30 años para la mayoría de los asalariados y sin embargo la productividad por cabeza (no por hora trabajada) ha seguido una senda alcista superior a la europea (diferencia instrumentalizada durante décadas para vender la desregulación laboral en la Unión Europea). De cada empleado se ha obtenido más pero se le ha dado menos a cambio de su trabajo. Menos en salario, porque la mayor parte del fruto de su productividad ha ido a engrosar otros bolsillos, pocos, y la distribución de la riqueza se ha hecho cada vez más desigual; y menos en prestaciones sociales públicas, porque la redistribución a través de la fiscalidad también ha profundizado la inequidad. Pero si no han atesorado el sueño americano con buenos salarios acordes con sus trabajos, ¿con qué se ha estado tejiendo el sueño americano durante estos años? La respuesta me la daba Carlos Berzosa, rector de la Complutense: con créditos.

La clase media norteamericana está endeudada hasta las cejas y, si la crisis se propaga mucho más a la economía real, el efecto combinado de dejar de pagar y dejar de comprar puede ser devastador para Estados Unidos y para buena parte de las economías del resto del mundo.

En España, el pinchazo de nuestra particular burbuja inmobiliaria, ha empezado desplazando de los tajos al paro a inmigrantes y su tasa de desempleo es la más alta entre los distintos segmentos laborales, el 16%. No obstante, porque han cotizado para ello, tienen derecho al seguro de paro; ¡afortunadamente!, ya que al menos por un tiempo podrán hacer frente a las necesidades básicas de sus familias y tal vez a las obligaciones que hayan contraído, por ejemplo si han comprado una vivienda u otros bienes. Aunque Rajoy se haya llevado un disgusto al descubrir que la justicia social española no discrimina por el lugar de nacimiento, sino por haber cumplido o no con los requisitos que establecen las leyes.

No sólo sobran casas vacías en España porque se han construido más de las que se demandaban y en distintos lugares (las costas, para especular mejor) de los que concentraban a la mayor parte de los demandantes (gente que las necesitaba para vivir en las ciudades donde trabajan); también sobran peones de albañilería que al carecer de una especialidad profesional tendrán serias dificultades para reciclarse. Desde el último trimestre de 2007 la construcción ha perdido casi 400.000 empleos.

Otros muchos sectores están acusando ya en España el descenso del consumo, desde el automóvil y su industria auxiliar hasta el pequeño comercio, con la consiguiente destrucción de empleo. Solamente en la industria la merma ha sido algo superior a los 100.000 empleos en el último año. La demanda interna tardará algo más de lo deseable en recuperarse, máxime si anotamos que además del paro está aumentando el porcentaje de trabajadores con salarios medio-bajos (los inferiores a 18.500 euros anuales eran el 60% al finalizar 2007, dos puntos porcentuales más que un par de años antes). Este dato y no sólo el incremento del Euríbor, explicaría también el alto porcentaje de familias que deben destinar más del 50% de sus ingresos al pago de la hipoteca.

Hasta el momento el desempleo estaba afectando bastante más a los hombres que a las mujeres, consecuencia lógica de haberse iniciado la crisis por actividades muy masculinizadas como la construcción, pero el paro ya ha llegado en septiembre al sector servicios, marcando una inflexión negativa en la tendencia que había seguido durante los 12 meses anteriores, cuando ganó 117.000 empleos. Por tanto, a partir de ahora volverá a elevarse el paro también entre las mujeres y en consecuencia el número de hogares con todos sus miembros desempleados. Además de no mantener la ocupación para los que ya la tenían, la economía española aún puede menos ofrecerle un empleo a quienes lo buscan por primera vez, es decir, aumenta el paro entre los jóvenes.

Si estudiamos conjuntamente los resultados de la Encuesta de Transición Educativo-Formativa e Inserción Laboral (ETEFIL-2005) y los de la Encuesta de Población Activa (EPA) del segundo trimestre de 2008 puede resumirse que en época de vacas gordas se despilfarra la formación adquirida por nuestros jóvenes en empleos que ni la aprovechan ni la implementan con más capital tecnológico, y encima les desincentivan con salarios miserables (entre 434 y 750 euros mensuales en la mayoría de los casos). Pero cuando vienen mal dadas son carne de cañón, en mayor proporción los que no han llegado a completar ni la educación secundaria (7 de cada 10 parados). El desconcierto se complementa con licenciaturas en aumento pero también en desajuste creciente con las necesidades de mercado laboral (el 10,4% de los parados son licenciados).

Para salir de este disparatado círculo vicioso nuestra sociedad está emplazada a un ingente esfuerzo de formación profesional y de atesoramiento del conocimiento de su fuerza laboral. Será su principal fuente de riqueza y es el ineludible pilar sobre el que reconstruir la competitividad de su economía... siempre y cuando se asuma de una vez por todas que de esta crisis ya no se podrá salir hacia atrás, hacia la competitividad vía precios y salarios. Y las propuestas que vuelven a sonar por enésima vez sobre rebajar el coste del despido por ejemplo, son coartadas para eludir el reto de cambiar el modelo productivo. Ese Volver a empezar ya no le proporcionará a España ningún óscar en los mercados internacionales; han pasado 30 años desde aquel premio y son bastantes los países emergentes o de la reciente ampliación europea que tienen todas las nominaciones en esa sección de la competitividad.
 
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